Una mirada a los abusos sexuales desde la Psicología

El abuso sexual de menores se refiere a cualquier conducta sexual mantenida entre un adulto y un menor. Más que la diferencia de edad, factor sin duda fundamental que distorsiona toda posibilidad de relación libremente consentida, lo que define el abuso es la asimetría entre los implicados en la relación y la presencia de coacción, ya sea explícita o implícita.
Las conductas abusivas, que no suelen limitarse a actos aislados, pueden incluir un contacto físico (genital, anal o bucal) o suponer una utilización del menor como objeto de estimulación sexual del agresor, ya sea por exhibicionismo o por la proyección de películas pornográficas.

Los agresores sexuales

La mayor parte de los casos el abuso sexual infantil son cometidos por familiares (padres, hermanos mayores, etc.) o por personas relacionadas con la víctima, como por ejemplo profesores, entrenadores, monitores, etc.). Estos casos abarcan aproximadamente el 75% del total y suelen producirse sin la presencia de conductas violentas asociadas. Los abusos sexuales suelen comenzar con unas simples caricias, que dan paso a la masturbación y al contacto buco-genital, y en los casos más extremos puede evolucionar hacia el coito vaginal o incluso anal.

¿Cómo detectar un niño objeto de abusos sexuales?

Las conductas de abusos sexuales suelen mantenerse en secreto por parte de los menores. Los motivos van desde la obtención de ciertos regalos o premios, al miedo a no ser creídos, el miedo a destrozar la familia o a las represalias del agresor. Únicamente en el 50% de los casos los niños revelan el abuso que han padecido, siendo únicamente el 15% denunciado a las autoridades  y tan solo el 5% finalizan en procesos judiciales.

Entonces se nos plantea el problema, ¿qué podemos hacer para detectar estos abusos? Existen algunos indicadores que nos pueden ayudar a sospechar que existe un abuso:

  • Síntomas físicos
    • Dolores, golpes, quemaduras o heridas en las zonas genitales y anales.
    • Cérvix o vulva hinchadas o rojas.
    • Semen en la boca, en los genitales o en la ropa.
    • Ropa interior rasgada, manchada y ensangrentada.
    • Enfermedades de transmisión sexual en genitales, ano, boca u ojos.
    • Dificultad para andar y para sentarse.
    • Enuresis o encopresis.
  • Síntomas conductuales
    • Pérdida del apetito.
    • Llantos frecuentes.
    • Miedo a estar solo.
    • Miedo a los hombres.
    • Miedo a un determinado miembro de la familia.
    • Rechazo al padre o a la madre de manera repentina.
    • Cambios bruscos de conducta.
    • Resistencia a desnudarse o a bañarse.
    • Aislamiento social.
    • Problemas escolares o rechazo a ir a la escuela.
    • Conductas regresivas como chuparse el dedo u orinarse en la cama.
    • Tendencia al secretismo.
    • Agresividad o fugas del hogar.
    • Autolesiones o intentos de suicidio.
  • Síntomas de la esfera sexual
    • Rechazo a las caricias y al contacto físico (besos).
    • Conductas seductoras en niñas.
    • Conductas precoces o conocimientos sexuales inadecuados para su edad.
    • Excesivo interés en el comportamiento sexual de los adultos.
    • Confusión sobre la orientación sexual.

Impacto psicológico en los menores

Al menos un 80% de las víctimas sufren consecuencias psicológicas negativas a corto plazo. El alcance del impacto psicológico va a depender del grado de culpabilización del niño por parte de los padres, así como de las estrategias de afrontamiento de que disponga el menor. Respecto a la edad, los niños muy pequeños hasta los 6 años, al contar con un repertorio limitado de recursos psicológicos, pueden mostrar estrategias de negación de lo ocurrido. En cambio, en los niños un poco mayores son más frecuentes los sentimientos de culpa y de vergüenza ante el suceso.

A largo plazo, los efectos pueden llegar a afectar al menos al 30% de los menores. Los problemas más habituales son las alteraciones en la esfera sexual, como las disfunciones sexuales o la  menor capacidad de goce, la depresión, un control inadecuado de la ira y el trastorno de estrés postraumático. Desde el punto de vista del trauma en sí mismo, lo que predice una peor evolución a largo plazo es la presencia de sucesos traumáticos diversos en la víctima, la frecuencia y la duración de los abusos, la posible existencia de una violación y la vinculación familiar con el agresor, así como las consecuencias negativas derivadas de la revelación del abuso.

Dependiendo de estas circunstancias, la desestructuración mental en la edad adulta puede llegar a ser considerable y afectar a las relaciones de pareja, a las relaciones familiares y a todo tipo de relaciones con el otro.

Tratar el trauma provocado por los abusos infantiles es uno de los temas más complicados de gestionar en la psicología. En las últimas décadas han aparecido una serie de técnicas que parecen mostrarse exitosas en la gestión de los traumas, técnicas que requieren de un alto nivel de formación y una elevada complejidad de aplicación. Entre ellas podemos destacar:

  • EMDR – La desensibilización y reprocesamiento por medio del movimiento ocular.
  • La terapia sensoriomotriz.
  • Internal Family Systems.

Bibliografia

Secuelas emocionales en víctimas de abuso sexual en la infancia. Cuadernos meédico forense,  43-44.
Abuso sexual en la infancia: víctimas y agresores. Barcelona: Ariel.
Aspectos psicológicos del abuso sexual infantil. En J. Casado, J.A. Díaz y C. Martínez (Eds.) (1997). Niños maltratados. Madrid. Díaz de Santos, pp. 177-182.